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"En
realidad, el cuerpo es la sombra, el cuerpo encierra la
conmovedora historia de todas las ocasiones en las que asfixiamos
y reprimimos el flujo espontáneo de nuestra energía vital
con la desagradable consecuencia de terminar convirtiéndolo
en un objeto mortecino."
John
P. Conger
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En los últimos
tiempos y gracias a los grandes avances de la ciencia médica,
podemos identificar muchas más enfermedades y sus causas. A la
par este avance produjo un aumento en la derivación a psicólogos
de pacientes por parte de los médicos por cuestiones "emocionales".
Es decir, hoy en día los médicos, luego de realizar un exhaustivo
estudio de determinados padecimientos, al no encontrar en el organismo
las causas del mismo, atribuyen la presencia de algunas dolencias
al psiquismo.
Basándonos
en la idea Junguiana de la integración de la personalidad y en
el paradigma holístico en que aquella teoría se asentó, no hay
discusión que las enfermedades pueden considerarse tanto físicas
como psíquicas. El organismo es uno e integra ambas partes, la
materia y el espíritu. Pues si el psiquismo es algo que se comunica
con nosotros a través de imágenes y palabras, ¿porqué no el cuerpo?
Sí, el cuerpo también se expresa, y así como al mundo interno
hay que saberlo escuchar. ¿Escuchar nuestro cuerpo? Exactamente.
Podemos definir, siguiendo a la autora brasileña Sandra María
Greger Tavares, como manifestación corporal a cualquier pensamiento,
sentimiento, sensación o intuición, identificados por el individuo
como fenómenos ocurridos en la dimensión corporal, o también cualquier
marca o secuela en el cuerpo, atribuidos por el individuo a episodios
de violencia.
Carlos Amadeo
Byigton (analista junguiano brasileño) también se refiere a la
importancia del cuerpo en la formación de símbolos. El cuerpo
es depositorio de los símbolos de lo inconsciente, pero no de
manera oculta, sino manifestándose como cuerpo de dolor o síntoma.
En el transcurso del trabajo surge entonces el encuentro de un
cuerpo creativo que no necesita sentir dolor para ser cuidado.
El trabajo
con el cuerpo ayuda a mantener la tensión de los opuestos a un
nivel soportable y constructivo y desarrolla la consciencia del
cuerpo. Quizás el primer promotor de la importancia del cuerpo
y su relación con el psiquismo fue Wilhelm Reich, especialmente
con su concepto de coraza corporal. Según él, la persona acorazada
se aísla de la naturaleza y levanta todo tipo de barreras contra
los impulsos que surgen de su cuerpo. De esta manera el cuerpo
se insensibiliza, se tensa y niega las sensaciones provenientes
del interior. El objeto de la terapia para él era que el paciente
desarrollase su capacidad de entregarse plenamente a los movimientos
involuntarios y espontáneos del cuerpo, que constituyen parte
del proceso respiratorio. La coraza, decía John Pierrakos, escinde
al ser humano y separa la mente del cuerpo, al cuerpo de las emociones,
y las emociones del espíritu.
La enfermedad
debe considerarse como una mensajera con necesidades propias,
la necesidad de recibir atención, de ser escuchada, de cuidarla
y entrar en contacto con ella. Cuando consideramos a los síntomas,
debemos entender que los mismos son una parte de Sombra que se
ha materializado en el cuerpo. Si negamos partes de nuestra Sombra
estas se introducen en el cuerpo. Nuestro cuerpo es espejo de
nuestra alma. Y por lo tanto el síntoma se presenta somáticamente
del mismo modo que aquello que nos falta en la consciencia.
Por eso no
nos extrañe que nos molesten tanto los síntomas, ya que nos obligan
a reconocer esos aspectos oscuros que no queremos ver. El síntoma
es el sucedáneo corporal de aquello que falta en el alma. La enfermedad
es el punto límite que nos obliga a enfrentarnos a la incompletud
y nos invita a prestar atención para poder completarse, por eso
la superación de las enfermedades implica ampliar el conocimiento
de nosotros mismos y de nuestra consciencia.
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